Por: Michel Onfray
El nihilismo de nuestra época exige sentido. Esto es algo que se sabe: la ausencia - y tanto mejor, en cierto modo- de un discurso dominante que supuestamente reemplazaría las funciones ocupadas antaño por el judeocristianismo o el marxismo deja a mujeres y hombres a la espera de una significación convincente sobre las cuestiones éticas, existenciales y políticas. En la medida en que la filosofía no hace, o hace mal su trabajo, perdiéndose en el esotérico debate estéril de la Universidad y el «cualquier cosa» conceptual del café filosófico y aliándose además con el poder liberal, la religión está en auge hasta extremos inconcebibles. La religión, y con ella lo irracional, el recurso a los pensamientos mágicos de todo tipo.
La demanda filosófica a menudo no remite ni a la ontología ni a la epistemología ni a la metafísica, ni siquiera a la estética, ámbitos reservados a los especialistas. Ciertamente, uno se puede interesar por los problemas del ser, de las ciencias, de las ideas puras o de la belleza, pero sólo después de haber resuelto una cierta cantidad de interrogantes relativos más bien a lo que se puede y debe pensar, o esperar -para formularlo en el espíritu de Kant-. El deseo de filosofía busca la resolución de problemas precisos: la relación de sí mismo con sí mismo, de sí mismo con los demás y de sí mismo con el mundo. Dicho de otro modo, preocupación por la propia construcción, necesidad de ética y necesidad de encontrar su lugar en lo real, incluso en el cosmos.
De ahí la necesidad de concentrar la actividad filosófica en una cartografía de estos paisajes limpios: ¿cómo trabajar en función de la conciencia y del conocimiento de sí mismo?, ¿de qué manera lograr certidumbres sobre sí mismo?, ¿cuáles son las identidades posibles?, ¿cuál es el yo que puede llegar a ser posible?, ¿quién puede decir yo, y cuándo? Pero también ¿cómo considerar al otro?, ¿quién es?, ¿qué lugar se le puede dar en una relación conmigo?, ¿qué eumetría, qué metropatía?, ¿qué moral?, ¿dónde están el bien y el mal en la intersubjetividad? Y por último, ¿qué relación con la naturaleza, la ciudad, la polis, lo político? ¿Con el tiempo del mundo? Etcétera. Es decir, lo existencial en un estado puro.
La demanda conduce así a estos territorios de predilección. No hay filosofía técnica destinada a los profesionales de las cuestiones estereotipadas, sino pensamiento práctico susceptible de ser encarnado, puesto en escena y en acto. Descartes no permite llevar una vida cartesiana. ¿Cómo se puede ser aristotélico día tras día? O también, ¿a qué podría parecerse una vida hegeliana? En cambio se puede leer, meditar y activar técnicas epicúreas, estoicas, cínicas y cirenaicas. La misma observación vale para los llamados «existenciales», que recurren a Erasmo, Montaigne, Spinoza, Schopenhauer o Nietzsche, por ejemplo.
La primera tarea, por tanto, es cartografiar estos territorios. Enseñar a practicar relevos, identificar los pasajes, anotar los callejones sin salida. Aquí se subraya el obstáculo, el imposible flujo; allá se descubre una línea de paso. Bosques, pantanos, vías naturales, ríos, lagos, llanuras, montañas... Así, la filosofía se enseña a la manera de como se hace un mapa. Luego se entrega una brújula y se invita a cada uno a dibujar su ruta, a inventar su propio camino. El filósofo no toma de la mano, sino que entrega los medios para llevar a cabo una marcha solitaria: no se hace el trayecto de otro, no se puede filosofar en su lugar, así como tampoco se puede vivir, sufrir o morir en lugar de otro.
Texto: Tomado de: Onfray, Michel. (2008). La Comunidad Filosófica. Manifiesto por una Universidad popular. Barcelona: Gedisa.