Preámbulo
El presente texto parte de la divagación, explora una serie de tradiciones con tal infidelidad que apuesta por ser descortes y poco sensato a la hora de hablar. Intenta tras-locar los conceptos y consolidar los linderos de un pensar propio, un saber animado por el jovial intento de la creación que falta a la rigurosidad y se anima con lo peligroso. Se rodea un lugar para escenificar la propuesta y para articular lo por venir. El texto intenta observar en el concepto de colombianidad la escena presuntuosa de un saber que intenta desmarcarse de lo colonial para desenmascarar e iniciar un pensar propio. Hay dos modos de comprender este intento, el primero, tiene que ver con el ánimo: esto es una conjetura. La intención: un espacio para la crítica. El objeto: la colombianidad como crítica.
Introducción
Un ejercicio filosófico sólo inicia cuando la voluntad y el espíritu están dispuestos para tal. Lo más parecido a un acontecimiento de este tipo es la aparición siempre común de un texto escrito que se ha embellecido del saber de varios y se ha construido al ritmo de un temperamento que pretende decir algo, sin embargo, no cabe añorar que la filosofía sea únicamente un juego escrito, por lo que se podría decir que iniciarse en el amoroso acto filosófico va más allá del juego literal y del proverbial sentido de la “hermeutitis aguda”. La aparición de la filosofía puede ser variada, su incitador nombre puede mostrarse sin ser llamado. Hay que prestarse a oír, a degustar y a saber callar para verse tocado, “interpelado”, por su existencia.
Hoy se nos ofrece la posibilidad hoy de explayarnos sobre un lugar que parece irrisorio en Colombia, lo que trataremos es de ver que la cosa no es tan absurda y que es vitalmente necesario dar paso a un pensar que conmemore [Andenken]. En las siguientes páginas intentaré desglosar una serie de pensamientos sobre el lugar, siendo obstinado y pretendiendo consolidar un posible espacio para la filosofía en “Colombia”. Para ello me haré participe de un legado, de una serie de pensamientos con los que me encuentro particularmente seducido y existencialmente conmovido. Filosóficamente me he formado en una escuela francesa que, extrañamente, inicia en Heidegger, pasando por Beaufret y Lyotard pero fundamentalmente por Foucault, Deleuze y Derrida. Dirán ustedes que entonces lo que yo inicio aquí no es sino un ejercicio repetitivo y expositivo de ideas: gastritis interpretativa. Iniciar hablando de lo que otros han dicho en latitudes lejanas es para algunos un síntoma de enfermedad un gesto de inferioridad y un desprecio de lo local, sin embargo, lo que intentaré es exponer-me en los intersticios [entre] cada pensador, con la pueril intención de dejar deslizar una que otra sugerencia para el pensar filosófico en Colombia.
Para “pensar” el pensar filosófico en Colombia estaré guiado por al menos tres perspectivas una que viene de Heidegger, otra que viene de Nietzsche pero que ha sido barruntada por Deleuze y la más incómoda, pero la más vital hoy en mí, una línea que viene de Peter Sloterdijk. Puedo decir, y ello hará justicia, que todas esas perspectivas han estado marcadas por mi “maestro” el pensador colombiano Santiago Castro-Gómez. A su figura hoy la quisiese conmemorar desde un pensar que se atreva a ser veraz. En la primera parte del texto me propondré explicitar la idea de lugar y en ese sentido cuál ocuparía un posible ejercicio filosófico. En la segunda parte me detendré en el concepto de “pensar” para iniciar una revisión, más o menos esclarecedora, de lo que hoy podría llamarse tradición filosófica en “Colombia”. Por último, me entregaré a la divagación con un feliz gesto cínico, entendiendo su práctica como la posibilidad del decir veraz, confrontaré mi ejercicio en pro de una actitud quinica que afirme un lugar posible el verismo.
Cómo comenzarse y desaparecer
El siguiente a priori que Sloterdijk incluye en su poética del mundo es el a priori de la urgencia, “aprendemos el oficio de la vida cuando lo inaplazablemente necesario nos arranca respuestas constitutivas del mundo” (Sloterdijk, 2006, p. 108). En esa anterior cita podemos resumir lo que con este a priori se pretende explicar. No se ha visto uno en el mundo completamente inmerso y ya, en la menor cantidad de tiempo se ve uno asediado por una serie de cosa que resultan inaplazables, se ve uno involucrado por una serie de lugares que “necesitan” ser resueltos y que obligan la resolución de parte del individuo que los padece, las urgencias aparecen de modo tangible en medio del afuera, es necesario blandirles resistencia. Sloterdijk analiza dos maneras de poder estructurar resistencia a estas urgencias del afuera, por un lado una respuesta de la mano de Marx y por otra una respuesta de la mano de Heidegger. “El ser humano marxiano ha de forjarse echando abajo el peso del mundo pasando por las astucias de la producción; el ser humano heideggeriano tiene que endurecerse para encontrar el desasimiento heroico en el ojo del huracán” (Sloterdijk, 2006, p. 110). Ambos autores pretender pasar por encima esa pesadez del mundo y las urgencias que en una producción desmesurada han ocupado el afuera, la pesadez del mundo debe ser combatida con el pensamiento. Pero para poder superar ese a priori de la urgencia es necesario pasar al siguiente en la poética del mundo: el a priori de la iniciativa.
Este es quizá uno de los pasos decisivos en una poética del venir al mundo “De los pensadores que han reflexionado de principio a fin sobre el tránsito de la urgencia a la iniciativa se puede aprender que en la poética del venir al mundo tiene que suponerse un tercer momento: el a priori de la iniciativa” (Sloterdijk, 2006, p. 111). Con este tercer a priori inicia el camino para dejar entrever las intenciones del autor de este trabajo, éste a priori es quizá el más vital de todos y quien puede articular otra vez una serie de trazos entre una poética del venir al mundo y una estancia del mundo con el arrobamiento del extrañamiento. Además de eso, desde esta a priori puede verse el desarrollo de una sospecha: la genealogía como poética del venir al mundo es un aporte iniciático para una estética de la existencia.
“Sin comienzo propio no hay mundo” (Sloterdijk, 2006, p. 112) con esta frase podremos inaugurar una nueva manera de comprender el mundo que tiene como sello la posible insistencia en el recorrido histórico sobre lo que se ha sido. Iniciar significa poder comenzar con uno mismo, este a priori de la iniciativa invita al trabajo sobre sí mismo, al sometimiento de la urgencia para poder aparecer en el mundo. Es necesario poder llamarse a sí mismo poder comprender que con esto de la iniciativa se quiere un comienzo propio que inaugure el mundo. “El comenzar-con-uno-mismo del que aquí estamos hablando significa literalmente: comenzarse. Uno ha de escuchar esta expresión como si se dijera: activarse como una bomba; estrenarse como una obra aun no interpretada, darse la salida como el prototipo de un vehículo ya presente; quitarse el seguro como un arma; abrirse como una puerta a un lugar que no ha existido nunca; o cargarse como un peso hasta ahora insoportable que por una vez es llevado a un punto máximo” (Sloterdijk, 2006, p. 112).
Ese a priori de la iniciativa es el momento de un acomodamiento en el mundo, es la invitación a un temple y el encuentro real y efectivo con el campo de intervención de la poética, es decir, sólo se puede trabajar sobre sí mismo porque es cada subjetividad quien se invita a ser parte del mundo quien se garantiza su modo de accesibilidad al mismo. El ímpetu es desarrollo de lo probable como aquello que puede ser perfectamente realizable: el acceso al mundo. La garantía para poder verse inmerso en el mundo es que se acepte la urgencia de comenzarse y de superar las urgencia del afuera. El trabajo sobre sí se convierte en el gozne de la séptuple propuesta de Sloterdijk, pues los a priori que siguen, el de proposición, apertura del escenario, transmisión y absolución, solo son posibles en tanto se haya adoptado la posición de comenzar con uno mismo. Desde ese horizonte es desde el cual se puede observar el momento de aparición en el mundo, la emergencia del hombre esta entonces mediada y atravesada por una serie de a priori que en sí mismos constituyen el mundo como tal.
Comenzarse quiere decir en todo caso poder asumirse, poder concederse a sí mismo la posibilidad de explorar y de explorarse para construir el mundo. Pero ese comenzarse no es la priorización de un yo aislado, como pretenden los sueños libertarios de la modernidad o las nuevas teorías sobre el self, el poder asumirse, indica poder comenzar desde lo ya-sido. Esta indicación resuena con la interpretación ontológica de la facticidad que Heidegger hubiese lanzado a temprana edad. No se trata de un sueño individualista que pretenda hacer el mundo dándole la espalda a la historia sino que se trata del diagnostico de sí mismo desde lo acontecido, desde la aclaración de lo que se ha sido y la precipitación de lo que se es.
Un posible lugar, prácticas discursivas: la colombianidad
En un texto publicado en 2008 un avezado grupo de investigadores de la Universidad Javeriana, publican un libro que lleva como título “Genealogías de la colombianidad. Formaciones discursivas y tecnologías de gobierno en los siglos XIX y XX”. Allí no sólo se inicia la posibilidad de inaugurar un nuevo lugar en los estudios humanos o de ciencias sociales en Colombia, sino que se instaura un concepto que retomaré para exponer su fuerza. Para estos investigadores Colombia no representa un “algo” consolidado del que uno pueda decir su esencia, de ese “algo” uno no puede identificar sus atributos y esclarecer sus modos. Para ellos Colombia es un régimen discursivo que agrupa ciertos modos de ser, decir y actuar. Un estudio del territorio “llamado” Colombia ha de iniciar con las formaciones discursivas, el uso de las palabras, o en últimas lo que se podría denominar: prácticas de la colombianidad.
¿Qué es eso de la colombianidad? Es un modo de operar característico que denota un conjunto de técnicas distintivas y diferenciales, la colombianidad no es algo en sí misma, ella nace en tanto que existen regímenes de representación que pretenden agrupar [estriar] un territorio o una comunidad. La colombianidad puede ser pensada como un dispositivo de identificación que tiene como común denominador formar expresiones como: “colombiano”, “ser Colombiano”, o en últimas “patriota”. La operabilidad inmanente de este discurso de la colombianidad es la de identificar y conjuntar los distintos patrones de posibilidad de los sujetos, su modo de operación es estriado confluye en el cometido de cerrar el espacio para catalogar lo que está adentro como “algo”. La identidad es entonces el cómodo lugar desde el cual se afirman a los sujetos y las cosas como entes determinables y siempre nombrables.
El lugar de “lo colombiano” es el lugar de conmemoración del pensar como adecuación. La fuerza crítica de entender a Colombia como un régimen discursivo, que conjunta una serie de prácticas, radica en la posibilidad de desentrañar y exponer sus modos de operar. Colombia no es algo dado sino un sujeto nombrado con el interés de atribuir un cierto modo de determinabilidad. Una historia crítica se inicia desenmascarando los modos de hacer de esos discursos, lo que se mira es cómo se crea el término de “colombiano”, por qué se designa a alguien de ese modo y por qué es un común denominador en un territorio. El lugar que compone esa materialidad inmanente del discurso identitario es lugar de las esencias fijas, determinables y quizá por ello manipulables. “Lo colombiano” es un discurso vacío, un régimen de signos sin contenido que urge de material. Lo que se intenta a toda es costa es rellenar ese recipiente, o régimen de signos, con un contenido material [población si se quiere]. El acto de llenar el continente hace de lo contenido parte de una madeja poco clara pues carece de valor en tanto que el signo queda vacío.
Lo que quiero decir es que “ser colombiano” en últimas es igual a nada, a menos que ocupar un recipiente vacío sea algo. Es imposible encontrar la esencia de lo colombiano porque detrás del mero acto de enunciación no hay nada. El colombiano no es pues tropical, ni perozoso, ni avivato, gracias a una naturalidad trascendente, “ser colombiano” puede ser pensado de ese modo porque una herencia de enunciación se ha instalado como régimen de verdad y ha caracterizado al colombiano de ese modo.
La colombianidad mira las prácticas, es decir, los modos de enunciación y de hacer de unos determinados sujetos y analiza sus relaciones de poder en un campo determinado. Se instala entre los juegos de verdad y cartografea el territorio para ver cuál de esos juegos es hegemónico. Desnaturaliza a los sujetos, les despoja de su esencia y se embarca en un bote que pretende rastrear de qué manera y bajo qué condiciones, nació la valoración de “lo colombiano”. El lugar de una desnaturalización está en la historia y en la filosofía como analítica del poder y como lugar del pensar des-velador[1] o “destru[k]tor”[2].
El pensar como lugar, intempestivo, destru[k]tor o des-velador.
Uno suele preguntarse qué es la filosofía y en muchos de los casos se conviene que ésta tiene que habérselas con el pensar. Me desviaré un poco del camino de la colombianidad, con ayuda de la divagación, para entretener el ansia de saber con un gesto de interrogación a él mismo. La invitación al pensar filosófico en Colombia tiene que detenerse en su mero enunciado, en sus posibilidades, en su lugar momentáneo, en su estrategia y modo de operar, ¿Qué significa que exista o que al menos sea enunciado un posible pensamiento filosófico? Esa pregunta tiene que detenerse, en lo que quiere decir pensar, y con el riesgo a resbalar hacia el abismo de la opinión infundamentada, intentaré esbozar unos caminos para llenar el contenido de eso que con pensamiento “se puede” decir.
Como me ha salido del plano de lo que se debe decir, y me he proyectado hacia el del que lo que se “puede” decir, sonar obstinado o poco serio es una opción. Quizá la opción esperada ¿o la intencionada? Son claras aquí las influencias, Nietzsche, Heidegger y Derrida. El pensar como una metáfora intempestiva, incomoda, siempre repulsiva como la fuerza de un león que ha de luchar contra un sinfín de cosas. “Crearse la libertad y también un sagrado no ante el deber: para eso, hermanos míos, es necesario el león” (Nietzsche, 2009, p. 36). Para iniciar el privilegio de la creación como lugar, el siempre decir sí, un suelo inusual de exploración en el que lo incomodo se torna cómodo y en el que la creación es el sustento.
El pensar intempestivo tiene cierto carácter geológico en tanto que se detiene en lo que subyace para revolcar sus cimientos y conformar un espacio vacío que permita la entrada de la creación como herramienta. Ser intempestivo es en realidad ocupar un lugar, instaurar una escena en la que se es posible hacer-se. Pero no basta con crear la escena es, y se vuelve necesario en todo momento, iniciar con un estallido, sólo hasta que el suelo ha hecho un estruendo suficiente y hasta que el portador de la creación se ha dicho dinamita puede existir un lugar para la nueva escena, una posibilidad para ser el actor de la vida misma. La locuacidad del intempestivo es el atavío del conservador, el silencio dice mucho, ¡hay que prestarse a oír!
Quizás el modo de actuar del intempestivo es el del destructor, del de-constructor de las racionalidades tradicionales, el del transgresor de los trascendentales. Es muy cierto que quien adopta esa figuración conceptual y vital suele corre riesgos, no solamente eso, a veces sólo parece un sujeto que pretende desmentir mintiendo de una manera diferente. ¡Cuidado con los charlatanes! Ellos se jactan de conmemorar la totalidad y de ser serios en el concepto, ¡al filósofo sólo podrá raptársele la verdad en pequeños instantes, de modo singular!
De-construir es desvelar[3], iniciar un tránsito hacia el des-ocultamiento de las realidades, temporalmente autónomo, es ese tránsito irrevocablemente fugaz. No es captable, tiende a ser siempre encerrado, estriado, organizado y fragmentado. Por eso no basta con extenderse en el des-velar, hay que iniciar más bien un juego en el que la presencia sea desveladora, en el que el pensar se detenga, se pregunte y empiece a estallar desde dentro, el pensar debe hacerse dinamita. La dinamita como el arte de inmolarse, en el que las vías respiratorias estallen, dinamitar los cimientos de la verdadera existencia para iniciar un ejercicio que sedimente nuevos tipos de suelos. “Pensar es respirar”: Terrorismo poético.
Del terrorismo a la construcción: arquitectura
Comenzarse puede significar ahora: abrirse retrospectivamente a las voces y huellas de otro comienzo por medio de la percepción ilimitada del haber-sido efectivo.
Peter Sloterdijk-Venir al mundo, venir al lenguaje.
¿Cómo articular aquella promesa del lugar y aquella promesa de destrucción? Será necesario derrumbar para dar espacio a la creación: filosofar con el martillo. Ese ímpetu que claramente hemos heredado de Nietzsche y de Derrida es el uno de esos lugares comunes en los que bebemos la iniciativa del lugar, se necesita repoblar, re-construir lo que con la crítica ha venido a pique. No se trata de un espacio de normalización académica ni de una nivelación del saber filosófico a actividad normal dentro de la cultura. Se trata, más bien, de la escenificación del pensar en la vida, de la articulación de los modos de aparecer del lenguaje y de su tratamiento en cada paso, en cada espacio que animamos, en cada ser-en que está presente en medio de lo que es posible habitar.
Una de las condiciones de posibilidad y vitalmente necesaria para el desarrollo de la tarea reconstructiva es la consolidación de un escenario de problematización sobre lo que hemos sido, no se puede empezar de ceros, habitar es en sí mismo “darse” la posibilidad de re-habitar, de reconstruir de trazar planos sobre espacios que antes han sido habitados: arquitectura de los espacios anímicos.
El ejercicio filosófico, entonces, deviene posible sólo cuando el gesto del pensar se vuelca sobre sí, cuando se decide prestarse a oír lo que se ha sido y lo que se es, quien ha de iniciarse en el camino de la filosofía decide emprender un pensar que desborda los límites del adentro y el afuera y asume el ejercicio de pensar desde sí mismo. Lo primero que puede pensarse en un camino que desemboca en uno es quién he sido, gracias a qué soy lo que soy hoy, esas preguntas no pueden sino estar animadas por el re-descubrimiento de los planos existenciales de cada quien, así como nadie puede morir por otro, nadie puede filosofar por otro, sólo puede mostrarle el camino.
Esa otra vida que se presenta en medio del cartografeo de lo que se ha sido es la articulación de un plano filosófico desde ahí se resuena hacia muchos lugares, se invita a los compartimientos de una existencia acomodada y pensada desde los íntimos lugares del ser-en, la filosofía sólo se vive en el entre. En el en que sabe acomodarse en un lugar, que sabe co-habitar.
Co-habitar un lugar es entonces la manera adecuada de iniciar con un pensar filosófico como práctica, la manera, es aquella que se atreve a la realización de ese saber desde el horizonte de una arquitectura jovial que viene después de la caída. Es necesario entonces reconstruir la tradición para alargar la visión para consolidar los ángulos y dignificar las columnas que sostienen los nuevos edificios.
[1] Estoy pensando aquí en las siempre sugerentes ideas de Heidegger de la verdad como aletheia y su contraposición al cartesianismo y al tomismo, según los cuales la verdad no es sino el proceso de una correspondencia. El proceso de correspondencia hace ver a la verdad ligada a un proceso de identificación a una idea de ajuste que bien puede ser adjudicada a la obra platónica.
[2] Quiero jugar un poco con la matriz de la que Derrida se agarra para denominar a su movimiento de-construcción, pienso aquí en la destrucción heideggeriena del parágrafo 6 de ser y tiempo, pero matizada con la jovialidad nietzscheana del gesto cínico como decir veraz.
[3] Siendo muy imprecisos y sumamente reduccionistas.
Hola. Qué bueno que te has dado una vuelta por mi blog. Estaré al pendiente de los que escribas por acá. Saludos.
ResponderEliminarProfe, que bueno encontrar de nuevo un aporte al pensamiento critico de su parte, espero le este teniendo éxito con su carrera, no estaría demás recibir orientación suya para mi examen de estado.
ResponderEliminarsaludos.
Por supuesto, que bueno volver a leer un comentario de su parte, escribame y hablamos, Saludos.
ResponderEliminarProfe pues si quiere darme su correo otra vez, lastimosamente tuve una perdida de información en mi cuenta y no tengo contactos, avíseme por donde lo puedo contactar y hablamos, seria agradable leer su tesis, saludos.
ResponderEliminarMi correo es hercor23@gmail.com, me escribe. Saludos.
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